viernes, 17 de octubre de 2008

De deseos cumplidos y alimentos artísticos


Esta mañana no lo pensé dos veces, aunque parecía ser el día menos indicado no quise dejar escapar la oportunidad, llovía a cantaros, hoy no quedaba un huequecito por donde penetrar un tímido rayo de sol. La tormenta Omar, la numero no se cuanto de la temporada de lluvias en el Caribe, se deja notar, no tanto como en la costa atlántica, donde los destrozos y damnificados se multiplican al paso de cada tormenta que en su mayoría derivan en huracán. Lo peor es que siempre son los más pobres los que sufren en mayor grado las inclemencias climatológicas.
Junto a la piscina del hotel, tomando el desayuno, un pájaro cantarín me hizo pensar que era un buen presagio y por más agua que cayera no debería ser causa suficiente para no cumplir mi deseo, el de ver los dos murales de Leoncio Sáenz, el pintor de Palxila, en el Supermercado La Colonia, en la plaza de España de Managua.
Pasaron unos minutos y autoconvenciendome, de que "no dejes para mañana lo que puedas hacer hoy", coincidió con una tregua que la lluvia pactó con mis deseos, me ofreció las condiciones para cumplir mi propuesta dos meses atrás, paró de llover. Como un resorte abandoné el salón de desayuno casi al aire libre y fui a buscar a mi fiel acompañante en estos días, mi paraguas, nada es más importante que un paraguas en noviembre por tierras pinoleras. Ese razonamiento bien me vale adjudicármelo pero para los managuas no parece ser lo mismo. He visto más paraguas abiertos en días soleados de altas temperaturas que en días lluviosos, parece como si ya conocieran que son tormentas pasajeras, que nos mojamos un ratito y que a la nada ya vuelve a escampar, por lo que el paraguas se convierte en un estorbo, más que en un artilugio preciso y necesario.
No se encontraba cerca del hotel el mencionado supermercado, detalle que no me importó, algo más de dos kilómetros es un distancia magnifica para cubrirla paseando, es la mejor manera de conocer las ciudades y de cuidar de la salud, y si hace buen día mucho mejor. Pero parece que la tregua ofrecida por la lluvia no fue más que una pequeña tomadura de pelo, comenzó con brío renovado y el paseo caminando casi se torna en "los cien metros mariposa"... una autentica tomadura de pelo por parte de "san Pedro"que dejó el grifo abierto y caía agua como nunca antes había visto. Fueron varios minutos y regresó la normalidad. Llegué a la plaza de España y entré en el súper con la misma sensación que si lo hiciera en una galería de arte, como si fuera a encontrarme con obras únicas, el pulso casi me temblaba pensando que tras aquella puerta estaban, casi anónimos, dos murales maravillosos. Jamás entré en un supermercado de esa manera, ir a comprar la cesta para la semana no es lo mismo que ir a ver arte, hay que ir condicionado de otra predisposición, el arte no es ir a comprar frijoles, aunque haya quien lo acepte como arte contemporáneo o conceptual.

Al entrar al local lo hacían varios clientes a mi par, esa coincidencia hizo detenerme por segundos, los suficientes para pensar la diferencia en el sentido de cada cual, unos a comprar y otro, en mi caso, también a alimentar mi ansiedad artística. Tan necesario uno como el otro alimento, porque si preciso es comer también lo es consumir arte.
El aire acondicionado fue agradable, atento, y colmó mis atenciones en el recibimiento más que cualquier conserje o portero de sala de exposiciones, se agradece cuando el calor y la humedad se alían para incordiar y hacernos sentir la ropa pegada a la piel sudorosa. Dos pasos hacia adelante con el cuello estirado como soporte de telescopio, los ojos avizores, inquietos, en alerta, y el nerviosismo corriendo por mi espalda en forma de sudor; la dirección de mis pies al encuentro con el carrito y mi mirada en busca de los murales de Sáenz... allí estaba uno de ellos. Por entre las baldas de los pasillos, repletos de artículos de todo tipo, vi el colorido en forma de banda ancha que cruzaba el local de punta a punta, por encima de las cabezas y pegado al techo. Fui hacia él esquivando con la vista los cepillos de barrer, plumeros, cubos de plástico... todo se interponía entre una perspectiva completa imposible de recorrer de Este a Oeste y mi sentido ocular.
Sin apartar la mirada del mural saqué de mi bolsillo el Supermovil/cámara photos/cámara vídeo/calculadora/grabadora/reproductor de música/radio... y teléfono, me coloqué frente a él, casi hipnotizado y sin dar tregua me lancé a grabar y a fotografiar la obra de Leoncio Sáenz, perplejo, anonadado, patidifuso... encantado de estar allí y poder disfrutar de semejante espectáculo pictórico. Es injusto que los genios no se valoren en su justa medida, Leoncio es uno de los grandes, su aura recorre cada palmo de su escenografía indígena, sus dibujos planos no necesitan más dimensiones para darle el movimiento. Sus personajes se mueven ajenos a los clientes del súper que responden con trato idéntico hacia ellos, la representación de los pueblos indígenas de Nicaragua, de sus oficios, animales, flores, frutas, cerámica, símbolos... la vida en funcionamiento.

No había tenido tiempo en reparar donde estaría el otro mural cuando un vigilante me abordó, educadamente me dijo que no podía fotografiar, que debía pedir permiso primero a la dirección del establecimiento, me giré en la dirección indicada y ante mis ojos surgía como de los abismos el otro mural continuación del primero.
Cerré mi móvil y pedí disculpas por mi osadía, ya tenía conocimiento del permiso antes de fotografiar pero ¿y si me niegan el capricho? Pensé. Ante la duda no estaba dispuesto a irme solo con el recuerdo, solo grabé uno de ellos por no provocar revuelo y como un autómata continué al ritmo de los clientes, ajenos de lo que las paredes del súper muestran, llenando el carrito de alimento físico, del artístico iba repleto de buena gastronomía cocinada por el maestro de Palxila.

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