domingo, 26 de octubre de 2008

Aves del paraíso




Tal vez el paraíso no tenga una imagen determinada sino que corresponde con lo que cada uno desea o imagina, pero hay lugares, sitios, con todo lo que les rodea o los compone, que se acercan a una imagen idílica y que coinciden con la mayoría imaginaria. Por supuesto que un paraíso sin banda sonora es menos paraíso, el sentido del oído se queda fuera y no se completa con rotundidad el espacio idílico paradisiaco de los sentidos, que al fin y al cabo no es otra cosa que desenfundarlos y sacarlos al aire, ponerlos a trabajar y que se regocijen.
A mi humilde parecer los sonidos emitidos por las aves, y el agua, son la ideal sonoridad para este jardín de las delicias ficticio, imaginario, donde se recrea el soñado paraíso. Sin duda es esa la idea de un hipotético paraíso, la de una vegetación frondosa, repleta de flores diversas y a cual más bella, donde el agua es actor protagonista y la fauna, sobre todo las aves, las moradoras naturales... nosotros, el ser humano, siempre quedaríamos relegados a segundo plano, a una invitación momentánea, pasajera, porque entre otras cosas dejaría de ser el paraíso, ya sabemos hasta donde podemos llegar en todo lo que tomamos la iniciativa o rubricamos con nuestra presencia continuada.
Desconozco muchos rincones del mundo, casi todos en comparación con lo visitado, pero puestos a escoger situaría muy cerca de los lagos y lagunas de Nicaragua este supuesto Paraíso. Quizás a las faldas de algún volcán, de alguna sierra, posiblemente en la sabana... al Pacifico o al Atlántico. También cabe la posibilidad de que sea imposible este lugar idílico, que su existencia sea improbable, por la coincidencia de que todos los sentidos se desarrollen en todo su penitencial a la misma vez. Ante esta hipótesis habría que buscar donde los cinco componentes se realicen en su máxima expresión y contar con la capacidad imaginativa de cada cual, condición que sería casi más importante que todo lo demás.

Así que puestos a elegir diré que tengo mucho ganado para encontrarme con el paraíso, creo que estoy muy cerca, un clima tropical, buena comida, gente amable, paisajes únicos y sonidos irrepetibles. Algunas mañanas he pensado que me encuentro muy cercano a ese lugar ideal, he llegado a pensar que es comparable a la felicidad, que se trata de un solo un momento, con la diferencia que se puede disfrutar en el presente, no hay que regresar al pasado en el recuerdo para identificar la felicidad en un instante determinado ya vivido. He llegado a la conclusión de que el paraíso es comparable, es el justo momento donde mejor nos encontramos, lo procesamos como una computadora y nuestra capacidad imaginativa se rinde a las condiciones que nos ofrece el entorno, es ahí cuando uno se siente como en el mismísimo paraíso, no puede existir otro enclave donde nos sintamos mejor.

Mucha culpa de que mis mañanas se acerquen a ese jardín de las delicias las tienen los pájaros, en concreto uno, aunque aprovecharé para destacar varias especies representativas de Nicaragua, por supuesto que la lista de aves es interminable y a cual más hermosa, pero no pretendo hacer un estudio ornitológico, solo destacar lo que estos animales representan en este hábitat natural, donde las especies, salvo algunos casos, no viven en estado permanente de peligro de extinción. Esto se debe al propio estado del país, de los países que componen el istmo centroamericano, sus recursos no son explotados indiscriminadamente y aún hay espacio para otros seres que no sean los de nuestra especie, el ser humano. Este razonamiento no quiere decir que no exista peligro, existe en cualquier lugar del planeta por muy recóndito que se encuentre, pero estas circunstancias ambientales no se disfrutan en el vanidoso y prepotente llamado nuestro primer mundo.
Del Cenzontle, o Sinsonte, dice el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española: Pájaro americano de plumaje pardo y con las extremidades de las alas y de la cola, el pecho y el vientre blancos. Su canto es muy variado y melodioso.
Su nombre proviene del Náhuatl, Centzuntlí, y significa que tiene cuatrocientas voces. Es uno de los mejores imitadores que dio la naturaleza, capaz de reproducir el canto de otros animales, incluso el sonido de las maquinas. Los machos experimentados tienen un repertorio que llegan a contener de cincuenta a doscientos cantos diferentes. Es por la mañana cuando despliega su embriagador canto, hechicero, que adorna y acapara el espacio auditivo del entorno donde se encuentre, recordándonos que sin ellos, los animales, nuestro mundo sería diferente y no precisamente para mejor. Está muy extendido por toda América según la variedad. Les gustan las ciudades y raramente bajan de los arboles, de los arbustos o los postes de teléfono. Solo en la época en que pelechan abandonan su canto, a finales de verano, pero en el crepúsculo de la mañana, cuando el sol se encuentra en el horizonte, es el momento donde se escucha con más fuerza. Comen insectos y bayas, defienden agresivamente sus nidos de otras aves, de otros animales e incluso del ser humano. Cuando aprecian peligro de un depredador persistente avisan a los de su especie con una llamada distintiva y juntos se defienden atacando al intruso, a lo que acuden otras aves para ver como los sinsontes se unen en la defensa ante el agresor.

Pero los más representativos sean el Zanate y el Guardabarranco. Del primero diré que se ve por cada rincón de Nicaragua, como nuestros gorriones, pero con una imagen más grande, parecida al mirlo, una de las subfamilias americanas. De plumaje azabache, lustroso, con destellos metálicos verdes, purpura o bronce, y un carácter que intuyo más parecido a las gaviotas, pícaros y sinvergüenzas, con el oficio bien aprendido para sobrevivir en distintos ámbitos. Sus nidos los sitúa en lugares parecidos a los que eligen las palomas, tejados semiderruidos, huecos en edificios... y es fácil verlo bajo los chilamates buscando semillas y picoteando todo lo que se pone a su paso. Al contrario del Sinsonte su repertorio es más limitado, no por eso sus cuatro cantos dejan de ser agradables y armoniosos. Para los nicaragüenses lo prefieren pájaro nacional, en detrimento del oficial que se le conoce por Guardabarranco. Una rara ave por la poca frecuencia con que se la ve y por su hermoso plumaje. El símbolo nacional en cuestión de aves es sencillamente hermoso, un pájaro exótico del tamaño de la mano empuñada de una persona adulta. Su cola quizás sea su detalle más significativo, de la que sobresalen dos largas plumas en forma de raqueta, inadvertido y confianzudo, sobrecoge su confianza ante el ser humano y hechiza la belleza de su plumaje con colores alegres, muy en concordancia a los que los nicaragüenses eligen para sus fachadas de las casas. Los que predominan son diferentes tonalidades de verde, celeste tornasol, blanco, amarillo, anaranjado y negro, con la espalda y el vientre mayoritariamente verde y rojizo. Una raya azul pálida sobre el ojo a manera de un antifaz y una marca negra vertical con margen azul en la garganta, al igual que las plumas de vuelo y la superficie superior de la cola. También se le conoce por el nombre de "pájaro reloj", por los movimientos de su cola que se asemejan al péndulo. Su graznido nasal, "cwaw o cwaanh", se repite y con frecuencia se le puede oír a lo lejos, posados a la entrada de sus nidos, en las paredes de los barrancos, de ahí su nombre; comen insectos y mariposas.


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