jueves, 25 de septiembre de 2008

Una mujer llamada... coraje




Desgraciadamente cada día está más extendida la idea de que el crimen organizado forma parte de esa tela de araña cuyo epicentro es el poder político, independientemente de quien gobierne, especialmente hay zonas y países donde los gobernados por conservadores suelen ser los más conflictivos y aunque a priori parecen ser un autentico problema con dimensiones incontrolables para esos países, de repente suceden acontecimientos que los ponen en el punto de mira de la discordia, pasando de ser víctimas a victimarios, cuando aparecen implicados o relacionados con las bandas organizadas.
América latina es sin duda uno de esos focos, una de esas zonas donde la mafia, los secuestros, asesinatos, policías y jueces corruptos, es todo un entramado que se mueve en torno a un punto, el de la droga. Los cárteles se mueven como pez en el agua en un escenario ideal, entre Colombia, Bolivia, Ecuador, etc., hasta México, a las puertas del principal mercado mundial.

La oscura relación de Colombia, o Álvaro Uribe, con Bush y las evidentes simpatías con el presidente de México Felipe Calderón, han colocado en el disparadero de la suspicacia la casual relación entre los gobiernos latinoamericanos conservadores y la violencia organizada. Hace unos días ponía de relieve, en un artículo sobre el tema que me trae hoy, la implicación de Uribe en todo este mundo oscuro, siniestro, de poder y criminalidad, auspiciado por el presidente norteamericano y bajo su protección. La implicación es clara y no caben excusas estratégicas de mantener esa relación con los violentos cárteles por tal de mantener en la zona varios países gobernados por la derecha.

Esta estrategia del ejecutivo estadounidense no es más que pan para hoy y hambre para mañana, los frutos de ese trabajo donde lo más importante son las supuestas cooperaciones con esos gobiernos para luchar contra las bandas de narcotraficantes son un claro fracaso, un boomerang que se multiplica y se convierte en un peligro casi imposible de retener, que da paso a que la América latina se convierta en un inmenso campo de batalla entre bandas y donde los ciudadanos son víctimas, el simple hecho de salir a la calle se puede tornar en una aventura mortal.

Es curioso como estos gobernantes, cuya bandera es la lucha contra la violencia y los narcotraficantes, acaban por destaparse como parte de esos grupos, de una manera o de otra. Ya conocemos la dudosa reputación de Felipe Calderón con respecto a las elecciones que le llevaron a gobernar el país, la falta de transparencia en los comicios y que por un puñado de votos recibió la presidencia de la gobernación de manos de su compañero de partido saliente Vicente Fox en detrimento de López Obrador, representante de la izquierda mexicana. No cabe ninguna duda de que la corrupción se ha instalado en las altas esferas gubernamentales y se pasea como parte importante y decisiva entre las resoluciones judiciales, existe una frase hecha que resume todo lo que está ocurriendo en México sobre este tema tan escabroso, "sino puedes con tu enemigo únete a él", y eso es lo que han hecho. Su particular caballo de Troya, el de la corrupción, ha dinamitado a la justicia de tal manera que cualquier juez, policía o funcionario publico, puede ser un miembro activo de los cárteles de la droga, es por lo que cualquier investigación resulta infructuosa, frustrante, por los existentes vínculos entre el poder del estado y los narcotraficantes.

Ante esta situación los ciudadanos mexicanos se han tirado a la calle, literalmente, para manifestarse contra tanta violencia, asesinatos, secuestros y extorsión. Cientos de miles recorrieron las calles y abarrotaron el Zócalo, clamando paz por un país más seguro donde poder vivir. Este clamor popular ha derivado en una petición por parte del presidente Felipe Calderón, quien ha pedido ayuda a la ONU contra el crimen organizado. Pero aunque parezca que este espinoso asunto es relativamente nuevo es todo lo contrario, hace unos años, y por poner un ejemplo, saltó un escándalo que hacía presagiar lo que se cocía en las cocinas de la corrupción gubernamental. En México, más que combatir contra los cárteles de la droga se hace contra uno u otro determinadamente, dependiendo y en función de las alianzas que se necesiten para gobernar la legislatura.
Mientras Ernesto Zedillo gobernaba en México, en 1997 y según el diario El País, se supo que el general Jesús Gutiérrez Rebollo, quien fue nombrado comisionado del Instituto Nacional para el combate a las drogas y conocido por el sobrenombre de El Zar antidrogas mexicano, que era socio de Amado Carrillo (el Señor de los Cielos) y que todos los operativos que ordenaba para combatir el trafico de drogas lo hacía contra el cártel enemigo, el de los hermanos Arellano Félix. Cuando la agencia antidroga de los EEUU (DEA) exigió a México la detención de Rebollo entregó un informe con una relación de nombres, la de políticos importantes relacionados con esta trama. Fue entonces cuando la policía entró en la mansión del comisionado y descubrió las incomodas pruebas que vinculaban al narcotráfico con el poder político del país.

Pero no todo se cuece en las altas esferas de la política, aquí abajo, al nivel de los ciudadanos, la policía es el fiel reflejo de la ineficacia y la corrupción que vive México. Es mundialmente conocido el feminicidio de la ciudad de Juárez, en el estado de Chihuahua, donde ha habido más de 1060, entre homicidios y asesinatos, en 14 años. Mujeres que perdieron la vida después de ser torturadas y violadas ante la pasividad de la policía, que no hace prácticamente nada por aclarar esos crímenes y a la que se culpan de su posible implicación. La violencia se ha apoderado de las calles y nadie está a salvo, directa o indirectamente, de ser víctima.

Un ejemplo es el que desde hace unos días ocupa las principales paginas de los diarios internacionales, el caso de una madre que se enfrentó a los secuestradores y asesinos de su hijo, un joven empresario al que citaron mediante una guapa mujer y que resultó ser el anzuelo con la que lo engañaron y llevaron a su terreno, al más siniestro que se puede encontrar, al de la muerte. Isabel Miranda trató de localizar a su hijo Hugo en los teléfonos donde podría encontrarlo y viendo que no hallaba respuesta llamó a sus amigos, familiares y empleados de éste. Fue finalmente un empleado quien recordó con quien y en que lugar se despidieron de su hijo el día anterior. Viendo que no aparecía ni daba señales de vida optó por buscarlo por la zona indicada, donde después de tiempo indagando encontró la camioneta de su hijo. Curiosamente la policía judicial estaba en el lugar cuidando el vehículo y preguntando a los vecinos consiguió averiguar lo que sucedía, y cual era el domicilio que habitaban las mujeres que lo atrajeron. Allí supo que la noche pasada se escucharon golpes en el interior del piso y que dos hombres sacaron un cuerpo ensangrentado, por las manchas de sangre que dejaron y que limpiaron vecinos, motivo por el que acudió la policía.

Isabel puso la denuncia contra la desaparición de su hijo y contra un tal Jacobo Tagle, a quien conocían y sospechaban de ser el causante involucrado en el caso. La policía solo hizo poner impedimentos y entorpecer cualquier sospecha e indicio, pero pasados unos días Isabel recibió un comunicado pidiendo rescate por la libertad de su hijo, comunicado que llevó a la policía, pero cual fue su sorpresa cuando en poco tiempo recibió un segundo comunicado que le reprochaba haber llevado el primero a la policía, cosa que despejó toda duda de que la policía y los secuestradores estaban comunicados entre sí. Ella pidió pruebas de que su hijo aún se mantenía con vida y nunca más recibió noticia alguna. Después de meses investigando por cuenta propia toda la familia, amigos y empleados, consiguieron el paradero de una de las implicadas y mediante ésta a su pareja, un policía judicial de Morelos, al que detuvieron ayudados por una patrulla de policía que ocasionalmente pasaba por el lugar cuando se enfrentaban a él armado y amenazándoles con disparar. Seguidamente fueron unos tras de otros los miembros de la banda los que cayeron en manos de la justicia aunque alguno todavía sigue en libertad y prófugo de la justicia. Hugo Wallace Miranda aún no ha sido encontrado, al que dan por muerto según los secuestradores, asesinado el mismo día en que lo secuestraron. Tuvo que ser su madre, una mujer con coraje la que puso su vida en juego por liberar a su hijo del que ya solo espera que pronto aparezca su cuerpo para dar fin a esta terrible pesadilla.


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