viernes, 12 de septiembre de 2008

Te recuerdo Amanda...



La primera vez que escuché el nombre de Víctor Jara era un adolescente y fue por boca de un amigo, Manolo Contreras, Miliki le llamábamos por su gran parecido con el famoso payaso. Manolo había venido a quedarse a vivir en Córdoba pocos meses atrás, de Torredonjimeno, Jaén, y al contrario que yo él si tenía varios hermanos mayores, de los que heredó el gusto por algunas músicas. Tomamos buena amistad y fueron años de despertar a la vida juntos, las primeras novias y el descubrimiento e influencias políticas en un país donde el genocida dictador aún mantenía las flores de su tumba frescas.
Recuerdo una tarde en la que su tocadiscos giraba los discos de vinilo alternando los Beatles con Cucharada, Leño y los Rolling con Triana y Serrat. Eran músicas, algunas de ellas novedosas para mí que prefería los ritmos más actuales y comerciales, canciones bailongas y veraniegas.
Sacó de su funda el disco y comenzó a sonar "Te recuerdo Amanda", les seré sincero, seguía prefiriendo los otros ritmos, los cantautores, excepto Serrat, me sonaban tristes, casi aburridos, no tenían la luminosidad ni la frescura de Formula V o Los Diablos. Con el tiempo comprendí que los cantautores eran algo más que un son para mover el esqueleto despreocupadamente y sin perjuicios, sus canciones protesta difícilmente podrían ser tan banales como mis canciones preferidas y, por supuesto, son muy difícil de bailar a ritmo discotequero cuando el mensaje te recuerda las injusticias sociales que se sucedían en el mundo constantemente.
Ni comprendí el mensaje de la canción ni di pie a que el segundo corte, la canción siguiente, comenzara a sonar: -¡no me hace mucha gracia!- le dije, mientras a él si le parecía gustar, casi emocionado estaba cuando me respondió: ¿no te gusta, has escuchado lo que dice?
Fue entonces cuando me contó la historia de su muerte, un tanto poética y algo fuera de la realidad, pero sólo lo suficiente, el sentido de su vida como "la voz del pueblo" o "El cantor de los oprimidos", si quedó tan clara que a partir de ese momento no se me olvidó el nombre de Víctor Jara.
Manolo me contó lo poco que sabía de Chile, de su dictadura, de la represión militar y de la injusticia en muchos países latinoamericanos, cosa que yo desconocía, ajeno a la situación que sufrían al otro lado del Atlántico: -Víctor Jara fue asesinado, era un cantautor contrario a Pinochet, un dictador como Franco, lo detuvieron y para que no cantara le quitaron la guitarra, como seguía cantando y llevando el ritmo con sus manos se las cortaron para que no continuara, pero su voz siguió cantando a pesar de todo, por lo que le cortaron la lengua. Después lo mataron-.
Este fue el resumen que recuerdo y desde ese momento Víctor Jara fue un símbolo por las libertades y sus canciones siempre me acompañaron algunos años después, junto a las de Quilapayún, cuando corríamos delante de la policía española pidiendo democracia, libertad, y por un mundo más justo.

No se puede entender aquellos años de represión militar sin el nombre de este chileno, icono de la lucha contra las dictaduras en la América hispanoparlante, lucha que a éste lado compartimos y llevamos a cabo, contra los últimos coletazos del fascismo que gobernó España durante más de cuatro décadas.

Víctor Jara nació en la pequeña localidad de Quiriquina, San Ignacio, en donde se arraiga un profundo folclore, el veintiocho de septiembre de 1932. Sus padres, Manuel y Amanda, eran campesinos y trabajaban el campo en una parcela de alquiler. Su madre era originaria del sur de Chile y tocaba la guitarra y cantaba, Víctor fue el tercero de cuatro hermanos; la mala relación con su padre hizo que se uniera más a su madre, una mujer que se preocupó por sus hijos mandándolos a la escuela. La actividad musical y vocalista de su madre provocó en él el primer contacto con la música y esa fue su arma, su bandera, para luchar por los campesinos y por los oprimidos en general.

Su vida fue exitosa y reconocida en el teatro y la música, como investigador en el folclore de su país y en su faceta, la más laureada internacionalmente, la de cantautor.
El golpe de estado en Chile, el once de septiembre, del general Augusto Pinochet contra el presidente Salvador Allende, le sorprende en la Universidad Técnica del Estado, donde es detenido junto a profesores y alumnos. Lo llevan al Estadio de Chile y permanece detenido por varios días. Los numerosos testimonios aseguran que fue torturado durante horas, que le golpearon las manos hasta rompérselas con la culata de un revólver y finalmente, cinco días después de detenerlo, el dieciséis de septiembre de 1973 lo acribillaron con cuarenta y cuatro disparos.
Estando preso escribió, éste, su último poema y testimonio:

Somos cinco mil

en esta pequeña parte de la ciudad.
Somos cinco mil
¿Cuántos seremos en total
en las ciudades de todo el país?
Solo aquí
diez mil manos siembran
y hacen andar las fabricas.
¡Cuanta humanidad
con hambre, frío, pánico, dolor,

presión moral, terror y locura!








http://creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/2.5/es/

1 comentario:

  1. nCuarenta y cuatro disparos no son suficientes para silenciar una voz del pueblo, son demasiados para matar un hombre,
    hombre llano y humilde
    ¿Donde está la justicia,
    para el pueblo latinoamericano?
    Hoy mas que nunca se hace necesaria
    una revolución, mas social que política.¿Donde están los poetas, los pensadores hibernado con la que está cayendo.
    He leído tu comentario y a la vez estoy viendo en dvd la película "Diarios de Motocicleta" y me ha invadido un sentimiento fraternal con América Latina. Gracias por el video de Víctor Jara había escuchado muchas veces su música, pero nunca lo vi. cantando. Gracias y un abrazo.

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