jueves, 18 de septiembre de 2008

El valor de la vida



De todos los artículos que he escrito quizás éste sea el más doloroso, existen a lo largo y ancho de este mundo injusticias de todos los colores, siempre tristes, penosos, pero cuando se trata del hambre pocas cosas hay que las superen. Este jinete del apocalipsis, desbocado, no tiene límite, nunca se siente satisfecho y galopa cruel por las sendas del que menos tiene. Las diferencias del mundo no han hecho más que agrandarse con la globalización, lejos de beneficiarse los pobres con el acercamiento de las distancias ha producido un efecto contrario y mientras que las grandes multinacionales cierran los ejercicios anuales con ganancias, los países pobres también suman en esta lista vergonzosa a la que nos hemos acostumbrado y nos resulta poco más o menos que incomoda. Incomoda por lo que molesta ver en las noticias estas situaciones de calamidad en el momento de nuestro almuerzo, incomodas porque nos hacen sentirnos culpables y preferimos mirar para otro lado, incomodas porque en el fondo somos participes, culpables, de la situación de miseria en la que mal viven y mueren de hambre muchos seres humanos en el mundo.

La FAO nos muestra informes relativos al hambre muy a menudo, y aunque siempre queda la esperanza de que los buenos propósitos acaben por superar el traumático padecimiento de tantos seres hambrientos, de igual manera acaban por desalentarnos, por desilusionarnos, lejos de reducir las cifras de padecimientos se multiplican en cada estudio al respecto.
Hasta hace poco se tenía como meta el año 2015, para "Alcanzar la seguridad alimentaria" y "Reducir a la mitad el número de personas subalimentadas, como muy tarde", pero lamentablemente la fecha se ha trazado nuevamente. Ahora es el 2150, el año para el que tendríamos que tener hechos la mitad de los deberes, haber puesto fin a esta injusticia de la que pretendemos que alguien haga algo por nosotros, que remedie el problema, pero nadie va a venir a remediarnos nuestra incomoda actitud.
El valor de una vida tiene distinto precio dependiendo de donde provenga y a quien pertenezca. Si es allegado nuestro podríamos hacer lo inimaginable porque no sufra necesidades, si es un desconocido que vemos en plena calle a plena luz del día la pena nos hace sentirnos obligados a socorrerle, un poco como por compromiso y otro tanto por nuestro remordimiento, aunque si conseguimos pasar por delante del necesitado y superar los tres pasos que nos separen entonces es un problema resuelto, uno se sacude las pulgas y continuamos nuestro camino ajeno a lo que hubiera significado unos sentimos de euro o un simple bocadillo para el pedigüeño. Pero si se trata de unos seres, que nos muestra la televisión o los informativos en cualquier soporte, que mueren de hambre por no poderse llevar a la boca un pedazo de pan, entonces solo son segundos lo que nos afecta, nos mostramos doloridos, apenados, indignados por tanta injusticia social, pero pocas veces se nos ocurre colaborar para que el hambre no arrebate la vida de ese millón de niños que mueren al año, uno cada cinco segundos.
Si nos paráramos a pensar cual es el precio por salvar una vida, en cualquiera de los países donde la miseria se ha instalado, por las causas que fuesen, si realmente tuviésemos una pizca de conciencia, a este jinete del apocalipsis no le quedaba más remedio que desistir de su crueldad, el hambre quedaría reducido a un mal recuerdo y 925 millones de personas cada año no perecerían por inanición.
Se dice pronto, 925 millones de personas cada año, ¿realmente se han puesto a pensarlo? En el penúltimo informe de la FAO eran 850 millones los que fallecían por la falta de alimento, que aumentaba un 4% cada año, pero en este informe reciente se han añadido 75 millones de personas más. Las causas parecen ser la subida de los precios de los alimentos, lo que ha propiciado una nueva ola de hambrunas, arrastrando un centenar de millones de personas al umbral del hambre en África, Asia y el Caribe, que ha generado grandes revueltas y hasta la caída del gobierno de Haití, el país más pobre de América.
En la cumbre de Roma los donantes se han comprometido a contribuir con más de 6.500 millones de dólares para la lucha contra el hambre y la pobreza. Pero uno se pregunta para qué servirá todo eso, cuando se destruyen toneladas de alimentos en el mundo cada día, para mantener los precios del mercado y que no propicie una bajada por la excedencia de producción. Estas actitudes son de un cinismo escandaloso.

Hace poco tiempo el presidente de los Estados Unidos de América culpaba al presidente de Brasil de ser el causante de la subida de los precios en la alimentación, por la producción de bioetanol que bien es sabido en Brasil se produce con la caña de azúcar y para muchos el combustible del futuro, Pero Lula le respondió que era el menos indicado para culparle y señalarle con las manos manchadas de petróleo y carbón, acusándole de especular con el combustible fósil.
La subida del petróleo en estos meses de atrás ha provocado que los precios se suban por las nubes y los alimentos sean prácticamente inalcanzables para muchos millones de personas en el mundo, mientras que los especuladores y dueños de los pozos petrolíferos árabes se pasean por el planeta despilfarrando millones de dólares en lujos y caprichos. Recientemente uno de estos afortunados con turbante ha comprado el club de fútbol inglés Manchester City, ha pagado una cantidad desorbitante por el brasileño Robinho y amenaza con fichar a los mejores jugadores del planeta, no importa el precio, ya ha declarado que pretende fichar al portugués Cristiano Ronaldo, jugador del Manchester United, por el que harán una oferta de 170 millones de euros, cosa de locos. Lo primero que pienso es en cuantas vidas humanas salvaría de una muerte segura todo ese dinero, evitando que el hambre se las arrebatara de los brazos de sus madres.
Ante todo esto uno se siente impotente, no encuentro explicación ante tanta falta de humanidad y no comprendo como se puede dormir tranquilo ante tanta irresponsabilidad humana.
Para situaciones como estas, injustas e incomprensibles, por las que mi madre se muestra indignada, tiene ella una frase que define lo que siente y hoy quiero terminar haciéndola mía, y dice así: "Estas cosas hacen que me hierva la sangre".


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