lunes, 15 de septiembre de 2008

El Tempranillo (héroe de pobres, malhechor de caciques y latifundistas)



Cuando se habla de Robin Hook siempre se hace con la palabra héroe añadida y su ético, generoso y romántico comportamiento ante la vida nos lo presenta como un hombre justo, que robaba a los ricos para repartirlo entre los pobres, un rebelde de causas perdidas, de injusticias cometidas y de épica actitud. Uno de los personajes preferidos de la literatura, teatro y cine inglés, y norteamericano, que han llevado su vida a lo más alto de la aventura y lo han convertido en símbolo de rebeldía, sin defectos, aunque sumamente adulterado hasta llegar a la duda de su verdadera existencia, todo un ejemplo de honradez, equidad, nobleza y justicia.
No significa esto que no tenga comparaciones y que personajes como él solo surgieran una vez, quizás no tuvieron tanta suerte como este inglés del siglo XIII pero seguramente cada rincón del planeta tiene su particular Robin Hook rodeado de leyenda, de un aura humanitaria que en el fondo, para muchos, es una asignatura pendiente, la de ser más justo o luchar contra la injusticia social.

El romanticismo en la España de los siglos XVII y XVIII no está completo, o pierde mucho, sin el bandolerismo. Lo que para muchos eran simples forajidos, malhechores que asaltaban los carruajes en los caminos, robando, matando y sembrando el terror, para otros era todo lo contrario, rebeldes que se convirtieron en tales por las injusticias, en una tierra donde el hambre, el analfabetismo, la miseria y la opresión por parte de los caciques o latifundistas obligaron a tomar esa decisión, la de tirarse al monte y convertirse en bandoleros.

Estos actores, los bandoleros, no hubieran existido a no ser porque los propició el decorado, o sea, España y la situación en la que estaba sumergida. La decadencia, el abuso de poder, la invasión napoleónica, la guerra de la independencia..., factores que indudablemente fueron propicios para el cultivo de estos especímenes sociales.
Todos cargaban con culpas, pero también se apoyaban en excusas, injusticias que le forjaron a delinquir, a revelarse contra el opresor, a luchar por la supervivencia que en algunos casos se convirtió en una forma de vida y que la vorágine de sus correrías les haría imposible la vuelta atrás, incluso con verdadero arrepentimiento.
Uno de mis preferidos, por lo que le distingue de la mayoría de los bandoleros, es el que traigo a esta colección de miradas impacientes, José María Pelagio Hinojosa Cobacho, conocido como El Tempranillo. Uno de los últimos bandoleros de Sierra Morena y también quizás el más respetado por su inteligencia, bondad y defensor de los oprimidos, de los pobres de aquel tiempo que le tocó vivir, que no eran pocos, y las esperanzas para el futuro nada halagüeñas. Como a todos los de su definición le acompaña una historia que lo obligó a desarrollar una vida llena de infortunios, inquietante y nada sosegada, fue una huida constante, sin respiro y siempre a caballo de un lado para otro.
Existen varias versiones que fueron las que le empujaron a convertirse en un personaje romántico y de leyenda, desde la que asegura que fue por la venganza de la muerte de su padre a la misma finalidad por la violación de su madre, ya viuda. Pero la más convincente es la que pone de por medio el amor por una mujer, lo que lo hace más romántico.

Sus biografías cuentan que todo comenzó a fraguarse el veintinueve de septiembre de 1820, en la romería de San Miguel, a los quince años de edad, donde mató a un hombre. José estaba enamorado de una niña de Jauja, su aldea natal, perteneciente al término de Lucena, Córdoba. Al final de la romería hay un baile donde José se bate a duelo de navajas con un hombre adulto que importuna a Clara, la joven que amaba, de la pelea sale victorioso dando muerte a su contrincante y tiene que salir huyendo porque la pena que se imponía por este delito era la horca, subió al primer caballo que encontró a la vista y tomó rumbo a los montes, a Sierra Morena, en su lucha por la supervivencia, lucha que no le abandonaría a lo largo de su ajetreada vida.

No se conoce con exactitud pero está entre los días 21 al 24 junio de 1805 cuando nació. Hijo de jornaleros campesinos, Juan y María, al igual que sus abuelos. Ni que decir tiene que por aquellos días la escuela era un lujo para unos cuantos, hijos de caciques y algún que otro privilegiado, por lo que su infancia se desarrolló trabajando también como jornalero junto a sus padres, en la finca de un señorito de la zona.
El apodo de Tempranillo le viene por lo temprano, lo pronto que comenzó a huir de la justicia. Se unió, después de dedicarse los primeros años al contrabando, a la banda de los Siete niños de Écija, banda de bandoleros que se ganaban la vida robando a todos los que encontraban en la sierra y los que le otorgaron el apodo que le acompañaría para siempre.

José era más inteligente que todos ellos y más astuto, condiciones que le hicieron convertirse en jefe de su propia banda a los dieciocho años y se especializó en asaltar diligencias y carruajes y en especial a los de la Hacienda del Reino. Las grandes oleadas de bandoleros que surgieron alrededor de la guerra de la independencia en el sur de España hicieron al rey Fernando VII mandar grandes batallones de soldados para perseguirlos, son los llamados migueletes.

Con veinte años era el dueño de Sierra Morena y todo el que pasara por ella tenía que vérselas con su banda, de catorce hombres todos mayores que él. Conocido por "el bandido bueno" por su generosidad, era capaz de repartir más dinero entre sus compañeros que a él mismo, de la misma manera que ayudaba a los pueblos precarios con grandes cantidades de dinero. En una ocasión, como en tantas otras que ayudaba a los pobres, un arriero que llevaba a su burro moribundo le ofreció que le comprara al herrero una mula por 1.500 reales, que él mismo le dio. El pobre arriero compró la mula y al día siguiente envió a sus hombres a pedirle el dinero al herrero en nombre del Tempranillo, cosa que hizo sin oposición. Siempre estuvo del lado de los pobres y contra los caciques y latifundistas

Llegó a contar con más de cincuenta hombres, en su mayoría héroes de la guerra de la independencia y entre sus golpes más famosos está el asalto y robo de una diligencia donde se llevaba gran cantidad del dinero de la Hacienda. Creó una red de espionaje por todos los pueblos, donde la gente le informaba de los movimientos de los hombres del rey, incluso con los informes del correveidile del gobernador de Sevilla.
Sus historias traspasaron fronteras y fueron varios y afamados escritores y pintores los que se interesaron por el personaje, desde Prosper Mérimée, del que dijo: "En España manda el rey pero en Sierra Morena manda El Tempranillo", hasta el pintor J.F. Lewis, el que mejor lo retrató. Hombre de poca estatura, fuerte y con ojos grises penetrantes; vestía camisa de algodón y chaqueta fina, y entre su faja siempre llevaba dos pistolones y dos navajas.

Tenía buen trato con las damas, incluso cuando las robaba en los asaltos de diligencias y se casó con una guapa gaditana, quedó embarazada y el día que dio a luz le rodearon los migueletes el cortijo donde se encontraban. Por el estrés del enfrentamiento entre los soldados y los bandoleros murió la madre pero se salvó el hijo, fue entonces cuando José María se vio acorralado y huyó, atando a su espalda a la madre muerta y al hijo en su faja, salió a caballo y milagrosamente escapó entre los disparos sin resultar ninguno de los dos heridos. Al día siguiente entregó el cuerpo de su esposa a la familia de esta.
En 1832 Fernando VII dio un indulto a todos los bandoleros que quisieran servir al rey, El Tempranillo dijo a sus hombres que los que le siguieran serian libres y no serían arrestado, unos le siguieron pero otros no se fiaban del ofrecimiento, lo que derivó en una lucha entre bandas. En plena lucha, el día veintitrés de septiembre se topó en una emboscada en su pequeña hacienda que tenía en Alameda, Málaga, con un antiguo compañero llamado "Barberillo", quien lo hirió mortalmente por la espalda a los veintiocho años.
Fue generoso hasta el punto que su herencia, después de tanto asalto y robo, consistió en la hacienda donde le dieron muerte y dos caballos.








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