miércoles, 10 de septiembre de 2008

El fracaso de una madre (Hildegart)


Es muy frecuente y cotidiano ver como los padres, y madres, se vuelcan en educar a sus hijos iniciándolos en las aficiones propias. Aficiones que en la mayoría de las veces fueron frustraciones, que no consiguieron o bien realizar o simplemente que se quedaron a medio camino del que pretendieron recorrer y que las obligaciones o las circunstancias les apartaron de esa meta a la que nunca llegaron.
¿Quien no ha pensado alguna vez que si volviera a nacer estudiaría esto o aquello que no pudo en el pasado, o se prepararía para esta profesión o la otra que le hubiese gustado ejercer y que tal acontecimiento le apartó de su deseo?
El egoísmo no nos hace ser mejores padres, ni lo que nosotros pensamos como lo mejor para ellos rara vez lo comparten nuestros hijos.

Como dice el refrán "cada persona es un mundo" y no por mucho que podamos influir en los hijos terminarán por parecerse a nosotros como un calco, como una fotocopia. Algunos rasgos, costumbres heredadas, incluso manías o tic nerviosos que se transmiten de generación en generación, pero de ahí a pensar que nuestros hijos son otros yo idénticos estamos equivocados, y lo suficiente que tratemos de persuadirles y convencerles de que lo mejor para ellos es lo que le aconsejamos, para que se sientan presionados y acaben por pensar todo lo contrario.
Tratar de comparar la historia que les contaré con otra cualquiera no es lo que pretendo, por muchos detalles en común que tuviesen entre sí. Es sólo un ejemplo del egoísmo paternal, o maternal en este caso, y que derivó en otra frustración aún peor, en asesinato, porque el ser que engendró para convertirla en su deseo tomó iniciativa propia por la necesidad de ser ella misma, por convertir sus inquietudes en realidad.

Aurora Rodríguez Carballeira era la menor de tres hermanos, fruto de una familia acomodada del Ferrol, donde nació en 1890. Su padre, abogado, dejó en ella buenos recuerdos y un buen concepto, todo lo contrario que su madre de la que, a pesar de haber muerto joven, pensaba que era frívola y egoísta. A ella también culpaba de la infelicidad de sus padres, la imagen que con más fuerza le quedó grabada en su infancia.
En lo que respecta a sus dos hermanos solo decir que no tuvo buenas relaciones, a su hermana la consideraba perversa, y al varón, abúlico y cobarde. Estos condicionantes le fueron haciendo con un carácter agrio, violento y rebelde, que tal vez no fuese otra cosa que un disfraz, una mascara, para ocultar lo introvertida y reflexiva que en el fondo era.

La educación que recibió fue básica, incompleta, por lo que para una niña en aquellos tiempos suponía, aunque era más importante para la mujer formarse en las tareas del hogar, como coser, bordar, etc. ella aprendió a tocar el piano y a leer; algo de aritmética y un poco de geografía e historia. Pero la muerte de su madre y la ausencia de sus hermanos propició que a sus catorce años disfrutara de la amplia biblioteca de su padre y sin preparación previa alguna se sirvió de ideas políticas y filosofía a su antojo, saciando su atroz apetito con los socialistas utópicos, entre otros, Saint Simon, Owen, Fourier.

La cercanía de su padre y la labor de abogacía que desempeñaba hizo que quedara marcada por uno de sus casos de los que se ocupaba y que influyó de tal manera en Aurora que decidió no casarse nunca. Se trataba de un caso en que la pareja no era bien avenida, querían separarse pero la ley le daba la custodia de la hija al padre, por lo que la madre prefirió que darse junto a la niña para no perderla aunque tuviese que seguir conviviendo con su marido, al que repulsaba. Quizás, más que esta disputa y otras razones, lo que marcó su futuro fue un acontecimiento inesperado que sucedió en la familia, su hermana Pepina quedó embarazada siendo soltera y cuando dio a luz se marchó a Madrid para rehacer su vida, pero el niño, el hijo que tuvo, lo dejó en El Ferrol y Aurora se encargó de cuidarlo y criarlo. Hay que decir que lo hizo con fervor y entre sus juegos, con los que trataba de entretenerlo, se encontraba el piano que a los pocos meses consiguió enseñarle a tocar con maestría y soltura. No solo que superó a su tía y maestra sino que el niño se convirtió en un prodigio, el "Mozart español" le llamaban a Pepito Arriola, y entusiasmó al mundo a principios de siglo.
Cuando apartaron al niño de su lado hizo albergar en Aurora la idea de tener a una hija a la que preparar para una tarea preconcebida, cuya misión sería el de cambiar el papel de la mujer en el mundo, así como la idea negativa que de la mujer tenía en general.
Decidió entonces tener a esa hija; de su carne y de su espíritu. Quería concebirla sin amor, sin pasión ni placer, con un hombre que aceptara sus normas para la procreación. Y lo encontró, aunque con el tiempo se sintió engañada, porque aquel hombre de unos treinta y cinco años, supuesto marino, alto, fuerte, que había regresado de Suramérica; que se hacia pasar por sacerdote, simpático, culto y que al perecer reunía las condiciones junto a un verbo envolvente que la convenció no era tal. Años después comprobó que solo era un embaucador y le haría responsable en el futuro de su tragedia.
Después de más de veinte encuentros y segura de que estaba embarazada se marchó a Madrid. Tuvo la suerte de que fuese niña cuando dio a luz sin complicaciones y la llamó Hildegart, "Jardín de sabiduría" en alemán. Desde el primer momento se volcó en su desarrollo físico y mental, el cultivo de su mente era pura obsesión.
A los tres años sabe leer, a los diez habla alemán, inglés y francés. La niña se cría como una experiencia científica, sin infancia, dedicada al estudio constante sobre dos temas prioritarios, todo lo relacionado con el sexo y la filosofía racionalista. Aurora pensaba que era la única manera de que no cayera en la trampa que caían muchas mujeres.
Acaba el bachillerato con trece años y se licencia en Derecho a los diecisiete, edad en la que también comienza la carrera de medicina. Lee las obras de Carlos Marx y se siente atraída por el socialismo, del que se desengañó, siendo expulsada del partido más adelante. Su prestigio internacional sobre la sexología alcanza un alto nivel y siente ansias de independencia y libertad, motivos que le llevaron a enfrentarse con su madre. Alentada por Havelock ellis, máximo exponente de la sexología del momento, prepara un viaje a Londres.
Fue en ese momento cuando Aurora cree que su proyecto científico está en peligro, no le importa los éxitos de su hija, ni su prestigio internacional, su brillante carrera política en el Partido Federal, ni sus sentimientos; fue entonces cuando decide matarla.
En la madrugada del nueve de junio de 1933, entró Aurora al dormitorio donde su hija Hildegart dormía plácidamente y le pegó cuatro tiros, cuatro disparos que truncaron una vida exitosa porque su madre, y asesina, había engendrado a Hildegart como instrumento para la revolución y cuando vio que se apartaba de su objetivo decidió matarla. Aurora siempre confesó que las dos estaban de acuerdo en que la eliminaría, la asesinaría, pero aunque es difícil de creer, en esta historia tan disparatada todo pudiera ser posible.
Veintiséis años, ocho meses y un día de prisión fue la condena que le cayó, pena que no cumplió porque la mañana del dieciocho de de julio de 1936 desapareció. Se desconoce si se fugó o la liberaron pero nunca más se volvió a saber de ella.



http://creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/2.5/es/

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