jueves, 14 de agosto de 2008

Ollantay, el general enamorado.



Hacía algún tiempo que no daba un paseo por el centro de la ciudad, tranquilo, sin agobios, sin acordarme del reloj y con el móvil apagado. Es como recuperar la libertad perdida, algo que no parece uno haber malgastado hasta que no se recobra de nuevo y, entonces, nos prometemos que en adelante será distinto, que seré más egoísta y pensaré más en mí, en mi corazón, en mi vida, en compartir más tiempo con los míos. Siempre ando con prisa y aunque camine por dicha zona lo hago como ajeno al lugar, como si lo único que importara fuera el asunto que necesito resolver. Así que esta mañana recuperé la libertad perdida, al menos por unas horas. Este mes, el de las lágrimas de San Lorenzo, es el único que se presta a ello, el resto del año es una vorágine imposible de controlar, las obligaciones nos arrastran y nunca se encuentra uno con ese agarradero que le salve de la espiral en las tareas laborales. 

 Fui a las Tendillas. Es como si ese rincón de Córdoba ya no se estilara, parece pertenecer a los foráneos, pero al fin y al cabo yo soy un extraño de ese lugar, mi hábitat diario es otro espacio de la ciudad y hace mucho tiempo que no paseaba disfrutando de la plaza. Compré el Diario Córdoba y tomé la calle Nueva en dirección de la Corredera, por la acera de la derecha, por la sombra. Sección a sección fui desplegando el informativo y situándome en la actualidad leyendo los titulares, la que me acompañó hasta las Esparterías, desde ese punto del camino me secuestró el entorno y el impreso lo plegué reduciendo su tamaño hasta colocarlo en mi mano izquierda con comodidad. Ya no es lo que era. La Corredera luce otro aspecto, más saludable, pero el ambiente de antaño se fue con la restauración de hace una década más o menos. Ya no lucen los puestos variopintos, ni la algarabía de grandes y pequeños bajo sus arcos, ahora son las terrazas y bares las que inundan el espacio abierto. La primera plaza cerrada y única en Andalucía que se construyó en España, si señor, fue la pionera, antes que la de Madrid o la de Salamanca, y su arquitecto el salmantino Antonio Ramos Valdés.

Crucé el espacio abierto al celeste, casi blanco por la luminosidad, y fui a visitar a mis amigos Plácido y Vanesa, al bar La plaza, me senté en unas de sus mesas, a la sombra, y mientras tomaba café me propuse leer el contenido del diario, en un concepto más amplio. Esta era mi intención al principio, pero dos vecinas de la plaza que desayunaban tras de mí mantenían una conversación que me atrajo:
-¡Paco está que trina! Tú no sabes los días que lleva, que ni come, ni duerme, ni ná de ná, por culpa de la niña-decía la más joven,
-¡Es que, esta niña no tiene luces, cuidáo, en quién ha ido a fijarse! ¿Es que no habrá otro pá novio en tó Córdoba?- se quejaba la otra.
-¡Ya ves tú! Con lo que era el padre, pá que salga como él, un borrachín de taberna- respondía la primera.
Después de un rato de cuchicheo a mis espaldas, y de preguntarle a Vanesa por el asunto que me traía en vilo, pude conocer el motivo por el cual, el tal Paco, ni dormía, ni comía, ni ná de ná. Parece ser que la hija de éste, de diecisiete años y de mejor posición social, se había marchado con el novio, de su misma edad, a quien no quería la familia por diferentes motivos, y la niña amenazó a los padres con no regresar a la casa si no aceptaban al novio... y claro, Paco estaba que trinaba con el asunto amoroso de la hija.

La historia me dejó bien a las claras que en cada sitio hay unos Romeo y Julieta particulares y que el amor no tiene barreras, aunque sí, a veces, muchos inconvenientes por parte del entorno y las condiciones que lo rodean. Como en los Amantes de Teruel o en la unión de Ollantay y Cusi-coyllur, en el Imperio Inca.
Ollantay era un general del ejército de Pachacutec, "el que cambia el rumbo de la tierra", fue el noveno gobernante del estado Inca y quien lo convirtió en un imperio. Admirado y querido por todos llegó a conocer al Inca y a su familia, y cuando se encontró con su hija Cusi-Coyllur, "la Estrella", se enamoró perdidamente de ella. Desde el principio conocían que ese amor estaba abocado al fracaso porque, aunque ella también se correspondía a esos amores, a pesar de ser un general importante no era lo suficientemente digno para aspirar a casarse con la hija del Inca. Los enamorados decidieron consultar que hacer ante tal situación al supremo sacerdote Willac-Uma, pero este les dijo que el Inca era de origen divino y que un simple mortal como Ollantay no podía casarse con su hija, por lo que, espantado, les prohibió que llevaran adelante esos amores.

Pero el amor es rebelde y decidieron seguir adelante, y casarse en secreto, desobedeciendo con esta actitud las leyes del imperio, creyendo que viéndolos felices y unidos se saltarían las reglas establecidas y aceptarían su unión. Nada más lejos de la realidad, cuando fueron a ver al Inca para plantearle el hecho de que querían unirse en matrimonio, éste se enfadó y les recriminó que no aceptaran las leyes del imperio incaico, y esto que no conocía que en realidad ya estaban casados y Cusi-Coyllur embarazada, pues eso les podía costar la muerte. A ella la envió al templo de la sacerdotisa suprema del sol, Acllahuasi, y a él le ordenó ir a su acuartelamiento.
Los dos enamorados no llevaron la contraria al Inca, por el momento, y acataron sus ordenes. Pasado el tiempo "La Estrella" dio a luz a una niña, a la que llamaron Ima-Sumac, "la más bella", y las mujeres del templo del Sol, que la trataban bien, se la quitaron rápidamente para que el Inca no se enterara del alumbramiento.
La tristeza y la melancolía tenían preso a Ollantay, y en sus cuarteles, razonando los hechos que separaban el amor que se profesaban. Llegó a la conclusión de que las leyes del imperio Inca eran injustas. Reunió a un grupo de guerreros fieles y decidió marchar a Ollantay-Tampu, en el valle sagrado de los Incas y revelarse contra Pachacutec. Ollantay, con sus guerreros, consiguió vencer al ejercito del Inca y ocupar la fortaleza, pero un general fiel a Pachacutec, Ruminawi, "Ojo de Piedra", que se había unido a Ollantay simulando rebeldía, les abrió las puertas al ejercito del Inca cuando dormían los soldados rebeldes, a los que pronto y rápidamente redujeron. Ollantay y su lugarteniente Urco-Warranca fueron enviados, y encadenados, al Cuzco. Pero en el camino vieron como llegaba un mensajero con la noticia de que Pachacutec había muerto y su hijo Túpac-Yupanqui, al que conocía desde niño, era el nuevo Inca.

El general enamorado iba al encuentro con el Inca, pensando en la muerte tan deshonesta que le esperaba y el desconocimiento de las circunstancias en las que se encontraban su hija y la mujer a la que amaba. Cuando el nuevo Inca le increpó por su rebeldía, Ollantay expuso sus ideas, diciendo que no se rebeló contra el Inca, su padre, sino contra las leyes establecidas, a las que creía injustas. Y Túpac Yupanquí, lejos de lo que se esperaba, le dijo que él pensaba lo mismo, por lo que le dejó libre y le devolvió sus títulos y honores. Mandó traer a su hermana, Cusi-Coyllur y la declaró esposa legitima al igual que a su hija, legitima del matrimonio. Y con esta justa decisión los enamorados y su hija se radicaron en Cuzco, donde crearon una familia y sirvieron al imperio durante muchos años.

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