sábado, 8 de septiembre de 2012

Nota de redacción

Desde el día 2 de agosto del 2008 que comenzó la aventura de El Mirador Impaciente han pasado cuatro fructíferos años por estas páginas, que se han visto encabezadas por titulares de 298 temas diversos. No es una despedida, para los amigos y seguidores, que son muchos y me constan, este es un hasta luego. Un punto y aparte, o seguido, que abre una nueva etapa en otro de mis blog y cierra periodo en éste. En el cuaderno de opinión, que no es nuevo, trataré semanalmente de exponer mis puntos de vista sobre lo que acontece en el mundo o lo que me parece más curioso o interesante, sin una temática determinada. ¡Cúbreme la espalda! será nuestro punto de encuentro cada semana, fórmula que espero me permita continuar comunicándome con ustedes y dar forma en privado a varias ideas novelescas que necesitan una dedicación especial. Gracias por todo el tiempo de fidelidad en este sitio y, ya de entrada, bienvenidos al nuevo lugar de encuentro, a ¡Cúbreme la espalda!

sábado, 18 de agosto de 2012

Cultura mexica ( XI )




Cerámica

La cerámica es uno de los elementos artísticos mexicas menos estudiados, si lo comparamos con otros como dioses, calendarios o mitos, sin embargo, aunque en muchos textos referentes a esta cultura no se recoge su desarrollo ceramista también lo hubo como prácticamente en todas las culturas mesoamericanas, en mayor o menor medida. Porque del mismo modo que en otras culturas la cerámica ha servido como base para estudiar el desarrollo cultural, en la mexica asimismo encontramos esa posibilidad o línea de investigación arqueológica buscando correspondencias temporales y estadísticas. Como ejemplo pondré las 539 vasijas representadas en los códices del grupo Borgia, de los que ya en 1.966 Nicholson apuntaba la necesidad de analizar la riqueza de variedades cerámicas para situarlos con mayor certidumbre en tiempo y el espacio .

El arte ceramista, como los de tejer o construir sus casas, formaba parte del acervo cultural de este pueblo, no todos eran profesionales en estos campos pero sí cada uno hacían sus vasijas de barro para uso común. Existe una gran variedad de formas que van desde ánforas con asas o sin ellas; de formas cilíndricas o troncocónicas; con figuras humanas o de animales; hasta platos, tazas, vasos, escudillas, braceros o cucharas para el copal, entre otras. Las piezas de alfarería destinadas para el uso domestico acostumbraban a decorarlas con formas geométricas mientras que las utilizadas en el culto religioso se ornamentaban con símbolos. En las ornamentaciones se utilizaban los colores amarillo, rojizo, blanco, rojo oscuro, rosa y negro. Entre los diferentes tipos era famosa la cerámica roja y negra. Una pieza necesaria en resaltar era el cumal, vasijas de gran tamaño con tres patas que se utilizaba para cocinar. Entre sus piezas de cerámica fina las había tan buena como la porcelana.

Literatura

Si culturalmente los mexicas sorprenden en sus producciones culturales en el caso de la literatura sobresalen. La creación literaria parece que fue una de sus aficiones favoritas, lo que hace  llamativa a esta cultura y especialmente entre sus gobernantes, que los presentan como dirigentes cultos. De todos ellos el más destacado fue Nezahualcóyotl, el rey poeta de Tetzcoco. También lo fueron los señores de Tlacopan Tetlepanquetzanitzin y Totoqui-huatzin; Chalchiuhtlatonac, rey de Chalco; los señores de Huejotzingo Tochihuitzin, Monencauhtzin y Xayacamachan; o el señor de Azcapotzalco Oquitzin, entre otros.

En el caso de la poesía sí es de agradecer a los frailes misioneros, que gracias a la labor que realizaron de consignar por escrito se conservó una producción literaria muy abundante. La importante colección de poemas que ha llegado hasta nuestros días, escritos en náhuatl, son referentes a diversos temas que van desde los cantos guerreros, cantos floridos, episodios heroicos y otros más.

A fray Bernardino de Sahagún se le atribuye la obra más importante de recopilación en sus obras Códices Matritenses y el Códice Florentino. Manuscritos en los que se conservan un conjunto de poemas y cantares muy importante  que tienen como temática lo histórico y lo religioso. Pero además existen otras colecciones muy importantes como la recopilación realizada por fray Andrés de Olmos, elaborada en una época muy temprana de la Conquista, en 1.528, sobre un conjunto de huehuetlatolli o discursos que se pronunciaban en ocasiones de solemnidad; Romances de los Señores de la Nueva España, que se conserva en la Biblioteca de la Universidad de Texas; y otra variedad de obras escritas en náhuatl o castellano que narran los mitos más importantes. Aunque de todas ellas, por su mayor contenido y por la calidad de sus obras, la colección de mayor importancia de poesía de la época prehispánica se conoce con el nombre de Cantares Mexicanos, que se conserva en la Biblioteca Nacional de México.

Los mexicas denominaban a la poesía flor y canto (in xóchitl, in cuícatl), cuyo significado metafórico era la representación de lo bello, efímero y sutil de la vida. Los poetas se apoyaban en las metáforas y difrasismos para sus creaciones, que generalmente se interpretaban con música y danza. Al margen de la poesía, la prosa existía conocida como tlatolli y a la más destacada de este apartado se le llamaba huehuetlatolli, que contenía los relatos de las cosas antiguas, con función didáctica.

Códices

El mecanismo de destrucción que pusieron en marcha los conquistadores, tratando de instaurar sus creencias religiosas en detrimento de las establecidas, comenzó por todo lo que estuviera relacionado con la religión, algo difícil de separar con lo mundano en la cultura mexica pues todo estaba impregnado de ella. El hecho es que los códices, como manuscritos sagrados que eran, no fueron muchos los que lograron escapar de la destrucción. Sin embargo, algunos de ellos fueron reproducidos en los primeros años de la época virreinal aunque, eso sí, siguiendo los patrones y modelos prehispánicos. La influencia europea se dejó marcar en todos los aspectos de la civilización azteca y por supuesto también en la elaboración de los nuevos códices que más tarde realizaron los indígenas, pero ya no fue lo mismo. A estos manuscritos se les conoce con el nombre de Códices techaloyian.

La mayoría de los códices mesoamericanos, también los mexicas, se elaboraban con un papel especial que fabricaban con la corteza de árbol conocido como papel amatl. Aquellos artistas de la élite cultural recibían el nombre de tlacuilos y seguían las técnicas de diferentes tradiciones mesoamericanas. Así, por ejemplo, las pequeñas huellas de pie pintadas representaban los caminos andados y las palabras que hablaban los personajes las simbolizaban con volutas. Los códices recogen todo tipo de temática, representaban dioses, personajes de la nobleza, guerreros, animales, plantas y cualquier hecho en la vida real. Verdaderas obras de arte que se realizaban con tintas variadas, con las que conseguían vivas y hermosas policromías.

Entre los códices que llegaron hasta nuestros días de carácter calendárico y ritual, de procedencia mexica o pertenecientes a la cultura náhuatl, están: los del grupo Borgia (Borgia, Cospi, Vaticano A y Fejérvary Mayer); el Códice Borbónico y el Tonalámatl; el grupo Magliabechianus (Tudela, Magliabecchi, Ixtlixóchitl y Veitia); el Códice Humboldt; el Telleriano Remensis y el Códice Ríos. Además existen otros de diferente contenido, como el Códice Mendocino y la Matrícula de Tributos, que contienen información sobre la tributación; y algunos con información histórica de origen mexica: Azcatitlan, Sigüenza y Osuna. Los también históricos Xólotl, Tlotzin y Quinatzin son de origen tetzcocano.

Textiles y plumaria

Las vestimentas de los mexicas, hasta la fundación de Tenochtitlan, se elaboraban exclusivamente con la fibra del ixtle o del maguey. Así lo recoge la historia de la peregrinación desde Aztlán. Pero a partir de su asentamiento en el islote del lago Texcoco y empezar a obtener de los pueblos conquistados el algodón, los nobles comenzaron a cubrirse con mejores vestimentas y este tejido fue imponiéndose.

En el vestir de los mexicas, al igual que en todas las culturas a lo largo de la historia, existían adornos o detalles que diferenciaban el rango que ostentaba cada uno y para ello se valían de la plumaria, una de las expresiones más originales y características de esta cultura. El arte con plumas ocupaba un reconocido referente y sus especialistas, los amantecas, eran muy apreciados, entre los que destacaban los de Tlatelolco, Texcoco y Huaxtepec. Aún se conservan varios ejemplares de aquellos diseños entre los que destacan el escudo del dios de la lluvia y por encima de todos ellos el penacho o corona de Moctezuma II, que se conserva en el Museo Etnográfico de Viena. Las plumas se obtenían  mediante técnicas muy refinadas para no dañar el plumaje del ave, que se cazaban o criaban en cautividad para estos fines. Las verdes del quetzal, las rojas del tlauquecholli y las azules turquesas del xiuhtótotl eran las más apreciadas y valoradas.

Música

El sonido musical de los mexicas resultó más complicado conservarlo. Aún así y al contrario de como se creía, que su música era solamente pentatónica, sus características estructurales eran melódicas, rítmicas, prosódicas, tímbricas, y además variaban dependiendo de la región y la lengua autóctona. A la par que los estudios arqueomusicológicos van avanzando, también se descubre que el panorama musical mexica o azteca es mucho más complejo de lo que pensaban los clásicos apenas varias décadas atrás. De todas maneras, tendremos que imaginarnos que no existía la escala musical y que por lo tanto sus sonidos eran tonalidades que dependían del habla tradicional de cada región, teniendo en cuenta que la mayoría de las lenguas que se hablaban entonces eran tonales.



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miércoles, 15 de agosto de 2012

Cultura mexica ( X )



Escultura

Para definir el arte escultórico azteca podríamos quedarnos con las palabras de José Alcina Franch en su obra Los aztecas, en donde dice que el realismo en las formas y el simbolismo en la temática son los recursos fundamentales utilizados por este pueblo en sus expresiones escultóricas. Y que además, su enérgica y variada producción especialmente en estatuas de gran tamaño con contenido fundamentalmente religioso, es el secreto de la fama del arte de esta cultura. Desde luego que son muy acertadas y evidenciales las palabras de Alcina Franch, no obstante, la escultura azteca o mexica no queda limitada a este tipo de representaciones, solo se resalta que la escultura monumental es la más sobresaliente en este apartado.

Fue notable el desarrollo que alcanzaron los talleres escultóricos mexicas, existentes en las principales capitales, en Tenochtitlan, Texcoco y Calixtlahuaca. Donde los materiales más utilizados fueron la madera, el cristal de roca y hasta obsidiana, aunque el material preferido fue la roca volcánica. En cuanto a las representaciones también es llamativa la variedad temática de sus obras que elaboraron con gracia y maestría. Las imágenes de hombres y mujeres que expresan los ideales tanto de edad como de belleza son los elementos más representados en esculturas y figurillas, y que identifican al periodo Posclásico Tardío. Para los mexicas la etapa juvenil adulta era considerada el momento de plenitud que garantizaba la fortaleza en la guerra y la edad de mayor actividad sexual. Esta manera de pensar quedó plasmada en sus obras y representan el paradigma social tan necesario para la supremacía imperial. Junto a estos temas también fueron recurrentes los animales e incluso las plantas, aunque estas no fueron tan frecuentes.

Algunas de sus obras entre las más destacadas son la de la diosa lunar Coyolxauhqui, encontrada en 1.978 en las excavaciones realizadas en las cercanías de la catedral metropolitana. Asimismo destacan otras esculturas como la espléndida Cabeza del Caballero Águila en piedra y la de la diosa Coatlicue, una de las más clásicas de la estética mexica. Pero quizás la más famosa de todas las esculturas mexicas sea la del llamado Calendario Azteca. En esta escultura del sol se representa de modo circular con una serie de anillos concéntricos, trabajada en relieve en cuyo centro predomina la imagen del astro rey representado en el dios Tonatiuh. La gran escultura fue hallada en 1.790 en las ruinas del Templo Mayor, también se le conoce como la Piedra del Sol. Entre las creencias recogidas en la Conquista, los mexicas pensaban que el universo ya se había creado y destruido cuatro veces y que este mundo era la quinta reencarnación, el quinto sol, pues cada universo sucesivo era generado por un sol.

Como se a de suponer, de los trabajos realizados en madera apenas quedan representaciones por su condición de material perecedero. No obstante y por la mismas crónicas, sabemos que se elaboraron en este formato, además de esculturas y adornos tallados, instrumentos musicales que tenían su uso en rituales y en la guerra. Los teponaztle o tambores horizontales tenían un agujero en la parte baja y un corte en forma de H en la parte superior, generalmente eran representados con relieves de figuras humanas o de animales.

Pintura

Sobre la pintura mexica, especialmente la muralista, se conoce de su calidad y de la costumbre de adornar las paredes de los templos con este arte pictórico. Sin embargo, este condicionante hizo que corrieran la misma suerte de los edificios que acogían las pinturas, la destrucción de los edificios las arrastró con ellos. No son muchos los ejemplos que quedan en la actualidad donde poder admirar las pinturas artísticas de los mexicas, pero entre ellas destacan un fragmento de un fresco en Malinalco, en un edificio contiguo al templo monolítico, en el que se puede observar la escenificación del dios Cazador y el guerrero Mixcóatl.

Otros de los ejemplos conservados son los encontrados en 1.964, en un adoratorio situado al norte del Templo Mayor. En sus paredes quedaron plasmadas varias representaciones de grandes rostros del dios Tláloc. En el arte mexica la pintura estaba estrechamente integrada con la arquitectura y la escultura, tanto la mayoría de los edificios como las esculturas estaban pintadas, independientemente del simbolismo que cada color tenía. Entre la gama cromática utilizada predominaba el rojo, pero también el amarillo, el azul y el negro, entre otros colores. Al margen de los soportes mencionados la pintura igualmente fue utilizada por los mexicas en otros elementos como en la cerámica o en los códices.

Orfebrería

Al contrario de lo que sucedió en otras culturas mesoamericanas, como la tarasca o mixteca, los mexicas no fueron muy dados a trabajar los metales, este material estaba considerado como un artículo de lujo y no fue muy popular, más bien exclusivo de las clases nobles. Entre los metales más utilizados estaban el oro y el cobre, no trabajado por mexicas sino por artesanos tepanecas, así como por purépechas y mixtecos traídos a Tenochtitlan desde sus regiones expresamente para tal finalidad.

Tampoco en este apartado orfebre quedan muchas piezas donde recrearnos, y aquí lo digo alto y claro, por culpa de los conquistadores españoles, que al igual que en la mayoría de los conquistadores en otros episodios de la historia universal pudo más el ansia de poder que el valor cultural, una condición que no parece ser exclusiva de ningún pueblo sino de la naturaleza humana. La mayoría de las obras de arte en esta expresión fueron fundidas y solo algunas escaparon de la destrucción. Paradójicamente, algunas de esas piezas que sobrevivieron al desvalijo  fueron enviadas por el propio Moctezuma II al emperador español Carlos V. En cuanto a las técnicas utilizadas, Sahagún nos dejó escrito que trabajaban el laminado o martillado, la técnica de la "cera perdida" y el repujado para las piezas decorativas.

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lunes, 13 de agosto de 2012

Cultura mexica ( IX )



Arte

El arte mexica o azteca reúne una variedad de manifestaciones realmente sorprendentes: arquitectura, escultura, talla en madera, mosaicos, pintura, orfebrería, literatura, plumaria, textiles, música, danza... Muchas de estas expresiones, al contrario de lo que sucediera con otros pueblos y que ya he anotado en otras ocasiones, se conservaron por el hecho de que estaban vivas a la llegada de los conquistadores y quedaron recogidas por los cronistas de la época. Con esto no quiero decir que gracias a los españoles se conservó parte importante de la cultura mexica, todo lo contrario, es muy probable que se perdiera para siempre con la imposición de la nueva cultura mucho más de lo que quedó. Sin embargo, en comparación con otros pueblos mesoamericanos de los que solo quedaron las huellas arqueológicas de grandes civilizaciones y muchos misterios por aclarar, la cultura azteca no desapareció del todo, aún se conserva en gran medida y forma parte de las costumbres de los actuales ciudadanos de la República Mexicana.

Sí los mexicas, o su cultura, es la síntesis de lo heredado como legado de otros pueblos de la superárea cultural, del mismo modo que sucede con las manifestaciones artísticas en otras etapas y pueblos en Mesoamérica, en las de los mexicas todas estuvieron impregnadas de religión. Aunque no podemos referirnos al de los mexicas como a un arte profano en un sentido estricto sí podemos hablar de él como elaborado con influencias profundamente religiosas. Tanto es así que muchos estudiosos llegaron a plantearse que las obras artísticas de los mexicas tenían una intención propagandística cuando se realizaron, al buscar los gobernantes una justificación de su poder difundiendo la cosmovisión. Pero algunos detalles hicieron tomar en consideración esta posibilidad al descubrir que muchas de esas representaciones artísticas se crearon pensando en que nunca fuesen vistas por las personas, como, por ejemplo, sucede con los relieves en la base de la escultura monumental de Coatlicue o el relieve que representa a la Coyolxauhqui, enterrado después de terminado. O el hecho de que  muchos de los símbolos incluidos en los relieves o pinturas estuvieran en un lenguaje esotérico, permitiendo de esa manera que solo fuesen entendidos por los sacerdotes o por aquellos que estaban capacitados para ello, no por la mayoría de los ciudadanos.

Arquitectura

De la misma manera que en otros campos artísticos el legado mexica se conservó hasta nuestros días, en otros apartados como la arquitectura sucedió todo lo contrario. La gran capital mesoamericana se convirtió en la sede principal de la Colonia y con ello la antigua Tenochtitlan pagó un precio arquitectónico muy alto. Las principales dependencias políticas, administrativas y religiosas de la Colonia ocuparon el centro de la capital mexica, planificadas en torno a una inmensa plaza que contenía 78 edificios de carácter público. No cabe duda que, como recogen las crónicas de la época, los españoles tuvieron que quedar sorprendidos ante la monumentalidad de la capital azteca. Al entrar en la ciudad por sus calzadas, al ver sus calles con muros corridos que dibujaban interminables perspectivas en el horizonte, interrumpidas solo por los accesos de entrada. La arquitectura mexica debió de intimidar ante tanta belleza, con sus diseños geométricos adornados con relieves, esculturas, y con todos sus muros recubiertos de estuco pulido y pintado.

La gran plaza central de México-Tenochtitlan estaba delimitada por un Coateplanti, que en náhuatl quiere decir "muro de serpientes". Coateplanti es un motivo arquitectónico de carácter ornamental formado con esculturas de serpientes que rodeaban muchos edificios de las culturas mesoamericanas y que probablemente estuviera dedicado a Quetzalcóatl. El recinto central contaba con cuatro entradas, situadas en relación a los puntos cardinales. A las cuatro puertas llegaban tres inmensas calzadas que sobre las aguas del lago unían la plaza con tierra firme. No solo se trataban de accesos al centro capitalino sin más, las calzadas tenían un gran contenido simbólico y estratégico que unían a la capital con el resto del Imperio. La calzada de Ixtapalapa se orientaba hacia el sur y una bifurcación la unía con Coyoacan; hacia el oeste la de Tabuca; y Tepeyac conectaba con el norte.

Para entonces Tenochtitlan y Tlatelolco ya estaban unidas en una sola extensión urbana que sobrepasaba los 13,5 kilómetros cuadrados y albergaba a un número aproximado de 300.000 habitantes. Después de dos siglos ganándole terreno al lago, la gran ciudad se trazaba sobre una red de canales y amplias calzadas que la dividían en cuadrantes urbanos, que a su vez demarcaban las cuatro unidades administrativas de la ciudad: Moyotlan, Teopan, Atzacoalco y Cuepopan. Los cuadrantes se dividían en barrios, en los que se construían templos, escuelas, plazas, viviendas y pequeños espacios para el cultivo en chinampas.

Dentro de la Gran Plaza el complejo del Templo Mayor destacaba por encima de todo lo demás, que incluía en el mismo edificio piramidal los templos gemelos dedicados a Tlaloc y Huitzlopochtli. Entre las demás 78 edificaciones construidas dentro del recinto se encontraban los templos dedicados a Quetzalcóatl-Ehecatl, Tezcatlipoca y Xipe Totec, juegos de pelota, altares, tzompantlis, el calmecac (un conjunto de templos y palacios dedicados a la administración pública), estructuras dedicadas a salas de guerreros y órdenes militares, baños, y otras construcciones menores.

El Templo Mayor constituye una síntesis de la historia mexica. Construido durante 200 años con patrón claramente mesoamericano, con superposiciones de basamentos y templos hasta un total de siete etapas, concluyendo la edificación en 1.487. En su interior se guardaban una gran cantidad y variedad de ofrendas que identificaban la expansión del Imperio Mexica en Mesoamérica durante el Posclásico Tardío.

Entre la arquitectura mexica habría que destacar, además de sus construcciones públicas y residenciales, las obras de ingeniería para superar las dificultades que presentaba su emplazamiento, como son las calzadas, canales, puentes, y otras estructuras como el Acueducto de Chapultepec, que aprovisionaba de agua potable a la gran ciudad.

Casas del pueblo: Las casas de las familias campesinas se levantaban en las zonas más alejadas de la ciudad, construidas en chinampas y sus muros de carrizo repellado con lodo que se encalaban en ocasiones. Los techos eran a dos aguas y por lo general un muro dividía el habitáculo en dos, cocina y dormitorio. En los barrios, en zonas más adentradas en la ciudad, era común que las casas fueran compartidas por varias familias, que tenían como espacios comunes el patio y la cocina, generalmente en construcción separada.

Casas de la nobleza: Entre las casas de los nobles se distinguía su jerarquía social por la altura, cuanto más alta era su casa más elevado su rango. Las casas de la nobleza se acercaban más al centro urbano y se construían sobre basamentos para hacerlas más altas que las de los plebeyos, se colocaban insignias y techos puntiagudos para diferenciarlas de las clases más bajas. La distribución interior contaba con amplios patios y muchos aposentos con las paredes y techos adornados, con cantera labrada, maderas preciosas, telas de algodón hermosamente diseñadas y pinturas.


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miércoles, 8 de agosto de 2012

Cultura mexica ( VIII )



Calendario

El calendario mexica, de la misma manera que otros muchos elementos de su cultura, es parte de la herencia de otros pueblos que les precedieron. Es a los olmecas a quienes se les atribuye, pero también otros pueblos mesoamericanos hicieron uso de él, como los mayas, zapotecas o toltecas, de quienes los mexicas tomaron el testigo muy probablemente. Esa es al menos la opinión generalizada entre los expertos, que fue la cultura madre la creadora del sistema calendarico, Sin embargo, otras voces como la del historiador mexicano Alfonso Rivas Salmón, dudan que fuesen los olmecas los que lo crearon. Su tesis se apoya en que la región que habitaron los olmecas está prácticamente todo el año cubierto de nubes, lo que supondría un impedimento para la observación astronómica. Este detalle le lleva a sostener que el calendario fue creado en alguna región más al norte de México, en zonas desérticas, y que los olmecas lo trasladaron al sur donde tanto ellos como los mayas lo perfeccionaron.

El calendario de los mexicas, que bien podríamos llamarlo calendario mesoamericano, porque como digo anteriormente se estima que lo emplearon todas las etnias y culturas de Mesoamérica, es una de las dos versiones de como se le conoce, mientras que para los mayas era llamado haab para los pueblos de habla náhuatl se le nombraba xiupohualli. Este sistema de medición de tiempo se basa en la interrelación de un año sagrado o religioso de 260 días con el año natural o civil de 365 días. La combinación de ambos dan como resultado ciclos de 52 años y se le conocen por el nombre de xiuhmopilli (atadura de años o fuegos nuevos); dos de estos ciclos suman 104 años y forman un huehuetiliztli (ancianidad). Los ciclos de 52 años también se organizan a su vez en grupos de 20 que forman ciclos superiores de 5.200 años y se les conoce por el nombre de "soles".

Xiupohualli: El xiupohualli o calendario civil contaba con 365 días, que se dividían en 18 meztli o meses de 20 días cada uno. Por su parte las semanas estaban compuestas por cinco días. La suma de estos 18 meses nos dan un resultado de 360 días, los otro cinco para completar el año eran considerados días vacíos o nemontemi, en los que los mexicas no ejercían ninguna actividad, eran jornadas dedicadas al ayuno y la abstinencia.

Tonalpohualli: El calendario sagrado, religioso o místico, cuya traducción al náhuatl significa "cuenta de los días" comprende un año de 260 días. Su estructura es muy parecida a como la entendían los mayas, para no confundir a cada uno de sus días se le asignaba una fecha por la combinación de uno de los 20 signos de los días y un número de 1 a 13 que representaban por puntos. Este ciclo de 260 días se componía de 20 semanas de 13 días cada una, que a su vez cada una de las jornadas se dividían en 13 horas diurnas y 9 nocturnas. Los sacerdotes registraban este calendario en el tonalamatl (libro de los días), un códice de piel en el que se leían horóscopos y de donde se extraían los días fastos y nefastos del ciclo.

El también conocido como calendario solar azteca se divide en varias secciones o anillos:
Disco Central: El centro del disco lo ocupa una representación del dios Tonatiúh, el Sol, y una leyenda en cada uno de los cuatro rectángulos que lo rodean, relacionados con los cuatro soles.
Primer anillo: El primer anillo, de adentro hacia fuera, contiene los veinte signos que representan a los días del mes mexica.
Segundo anillo: El segundo anillo se divide entre 8 fragmentos y varias figuras que simbolizan a los rayos del sol, representados en forma de V.
Tercer anillo: Este tercer anillo de divide en dos bandas. La más pequeña y superior recoge la fecha de terminación del calendario, adornada por motivos florales y las colas de dos serpientes. En la parte inferior se muestran los cuerpos de dos serpientes de fuego con escamas conformadas por trece segmentos iguales y el signo Tlachinolli (planta que se asemeja a una serpiente), con diez círculos pequeños y un doble marco. En la banda inferior de este anillo se observan las cabezas de las dos serpientes sobrepuestas, de cuyas fauces salen los rostros de Quetzalcóatl, personificado como Tonatiúh, el Sol, y de Tezcatlipoca, Señor de la Noche. Cada serpiente tiene patas con garras y un penacho con siete círculos cortados por la mitad, el símbolo de la Constelación de las Pléyades.
Cuarto anillo: El cuarto anillo o exterior muestra representadas las estrellas sobre el cielo nocturno en forma de ciento cincuenta y ocho círculos pequeños.

Se a de suponer que la creación del calendario mexica o mexicano estuvo basado en la observación, seguramente de varias generaciones mirando al cielo, y en la comprobación de que 52 años después los astros volvían a ocupar la misma posición que en las primeras observaciones. El sistema de tiempo mesoamericano se basa en los ciclos de la Tierra y Venus alrededor del Sol y de la Luna alrededor de la Tiera. En 8 años de la Tierra Venus da 13 vueltas alrededor del Sol y la Luna 100 alrededor de la Tierra. Durante este ciclo de 8 años terrestres, llamado sinódico Venus/Tierra, los dos planetas se alinean con respecto al sol en 5 ocasiones.


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sábado, 4 de agosto de 2012

Cultura mexica ( VII )



Religión

Las creencias religiosas de los aztecas son la síntesis de otras creencias de diferentes culturas mesoamericanas. Sus elementos son la herencia común con otros pueblos del México antiguo, cuyo origen está en la religiosidad de otras culturas anteriores, de los olmecas, los mayas, y en las de pueblos que florecieron en la Costa del Golfo, Oaxaca y otras regiones mesoamericanas. Una religiosidad compleja que veneraba a gran variedad de dioses. La religión azteca implicaba la existencia misma, la creación del universo y la situación del ser humano respecto a lo divino, ligada estrechamente a la agricultura y la lluvia.

Alfredo López Austin nos describía la concepción mesoamericana como una fuerza que se componía de dos partes, una visible y otra integrada de dos fuerzas a la vez. De las dos fuerzas que integraban una parte, una era luminosa, caliente y seca, y la otra oscura, húmeda y fría. Esta creencia sintetizaba un escenario cosmogónico, en el que la parte luminosa simbolizaba la bóveda celeste y la parte oscura representaba al inframundo. En la primera habitaba el sol y de ella provenía la lluvia, lo que se entendía como la parte masculina, paterna y fecunda. Por el contrario, la segunda se relacionaba con la parte femenina, materna y receptora de la lluvia fecundadora, el sitio natural de la concepción humana.

Las dos materias eran las encargadas de integrar a los dioses de formas variadas, incluso de alojarlos dentro de los humanos de forma intensa, con los que mantenían una comunicación constante. Es así como un cuerpo mundano podía convertirse en el dios mismo al ser habitado. La sólida élite sacerdotal era la encargada de mantener la comunicación constante entre los humanos y los dioses, las fuerzas que lo impregnaban todo  lo habitado en la tierra y creadoras de equilibrio en el orden micro y macrocósmico. Sus celebraciones religiosas tenían como fin garantizar la continuidad de los ciclos y equilibrar la voluntad creadora. Apoyadas en la creencia de que las fuerzas del bien estaban en una constante y eterna batalla contra el mal, lo que les iba agotando hasta necesitar revitalizarse. En un principio las ofrendas se componían de flores y frutos, acorde con la propia naturaleza, pero a partir del Posclásico fueron reemplazadas por sacrificios humanos. Una tradición heredada de los toltecas que les condujo a pensar que los dioses se alimentaban de corazones y sangre humana, y que de esta manera darían continuidad a la permanencia de la vida humana, animal y vegetal sobre la tierra.

La creencia para los mexicas de que la sangre humana era el alimento de Tonatiuh (Dios Sol) fue a partir de la reforma de Tlacaélel ("el que anima el espíritu"), personaje de importante relevancia en la cultura mexica, guerrero, pensador, economista, estadista y reformador religioso. Arraigó tanto la creencia de que la sangre y el corazón humano eran el alimento necesario para la renovación y reciclaje de las fuerzas vitales que, además de la ofrenda a los dioses, la élite política, religiosa y militar practicaban la antropofagia ritual con las victimas de los sacrificios.

Unas víctimas que por lo general eran esclavos y prisioneros de guerra, aunque también podían ser nobles, como los que eran sacrificados en las fiestas bajo la creencia de que estaba habitado por Xipe Tótec. Tanto la muerte por sacrifico como en la batalla estaba considerada un honor, al igual que las mujeres cuando morían durante el parto. Se entiende que el número de sacrificios aumentaban a la par que los desastres ocurrían, se trataba de contentar a los dioses. Por tal motivo surgieron las guerras floridas, con la única intención de tomar la mayor cantidad de prisioneros posibles para el sacrificio. Como tal honor cualquier excusa era buena para contentar a los dioses y hasta en el juego de pelota, también heredado de los mayas, pero que los mexicas lo impregnaron de una característica propia, sacrificaban al capitán del equipo perdedor por propio deseo de las deidades.

Algunos de sus dioses eran:
- Huitzilopochtli, el dios de la guerra y el más importante para los Aztecas
- Coyolxahuqui, era la diosa de la luna y la que, según la mitología azteca, fue asesinada por su hermano el dios del sol.
- Tláloc, el dios de la lluvia.
- Huehueteoti o dios viejo, dios de fuego.
- Tlazolteotl o devoradora de inmundicias, la diosa que encendía el amor lujurioso.
- Xipe Tótec, era el dios fecundador, al que llamaban “Nuestro Señor desollado”.
- Chalchiuhtlicue, también llamada “la de fadellin de jade”.
- Xochipilli o príncipe de las flores.
- Tezcatlipoca o espejo que ahuma.
- Quetzalcóatl o serpiente emplumada, dios inventor de la escritura y el calendario, asociado con el planeta Venus y la resurrección.


Quetzalcóatl era un dios antiguo, adoptado por los mexicas. Mientras que para algunos era el creador del hombre para otros representaba al dios civilizador identificado con Prometeo en la mitología griega. Quetzalcóatl o La Serpiente Emplumada también se representaba con otras formas, como el dios del viento Ehécatl, o como dios del agua y dios de la fertilidad. A él se le atribuyen la introducción de la cultura, la agricultura, el calendario; es considerado el patrón de los oficios y de las artes. Quetzalcóatl es un dios pacífico y civilizador que estaba en contra de los sacrificios, contra lo que se opuso y por lo que le costaría emigrar hacia el este, no sin antes prometer que algún día regresaría. Un dato importantísimo para entender y comprender cómo y porqué la conquista española se dio de tal manera. La historia mitológica de Quetzalcóatl, hijo de la diosa virgen Coatlicue y hermano gemelo del dios Xólotl, cuenta que se dejó seducir por Tezcatlipoca y que arrepentido se tiró a sí mismo a una pira funeraria. Tras su muerte se convirtió en Venus, el lucero de la mañana, vinculado desde entonces con la divinidad Tlahuizcalpantecuhtli.


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lunes, 30 de julio de 2012

Cultura mexica ( VI )



Expansión territorial

 Si hubiese que definir de alguna manera a los mexicas esta sería la de un pueblo guerrero y con ello todo lo que el término conlleva o requiere. La violencia es así también un condimento esencial de la definición, que los mexicas no dudaron en utilizar como parte de su belicismo en las conquistas. Una característica que llevaron más allá del propio enfrentamiento en el campo de batalla y que pasó a formar parte de su sociedad, de su idiosincrasia, que los dibuja en su perfil como una de las culturas más violentas de Mesoamérica. Característica por otra parte compartida con las tribus bárbaras del norte.

 No habían pasado más de 20 años desde que llegaron al Valle de México cuando comenzaron la meteórica expansión territorial más rápida conocida en la historia de la Mesoamérica precolombina. No cabe duda que los ingredientes fueron los adecuados, los propios de un pueblo guerrero, los necesarios para la consecución del éxito imperialista. Su organización militar, el valor de sus soldados en las batallas y la habilidad de sus gobernantes fueron los componentes básicos para sus triunfos.

La historia de los mexicas tiene marcados en su cronología decisiones importantísimas que influyeron en el devenir de los  acontecimientos futuros, entre los que destaca la derrota de Azcapotzalco, resultado de una decisión de valor, de un pueblo guerrero como tal. Lejos de amedrentarse y someterse a Maxtla, señor de los tepanecas, cuando éste asesinó a su gobernante Chimalpopoca, reaccionaron de la manera más digna e inesperada para sus enemigos y dieron la vuelta a la situación. Sin embargo, no se dejaron llevar por el orgullo irresponsable de enfrentarse a los tepanecas guiados solo por la ira, lo hicieron pero inteligentemente. Las experiencias anteriores que habían tenido en los enfrentamientos con Azcapotzalco en los últimos 50 años, en los que siempre salieron derrotados, les aconsejaban no tropezar en la misma piedra y se apoyaron en la Triple Alianza, lo que les sirvió para salir victoriosos por primera y definitiva vez.

Basta con imaginar la fama que se iban ganando los mexicas, en conquistas tan sonada como aquella, en la que derrotaron al señorío más poderoso en el valle, como para entender que a muchos de los altépetl no les interesaban medirse militarmente al grupo dominante de la región. Esto propició que muchos de los señoríos, divididos entre sí, accedieran pacíficamente al sometimiento de los mexicas, a sus ansias expansionistas, y aceptaran pagar tributo como vasallos antes de enfrentarse a los riesgos terribles de la guerra. Esto sucedió entre la mayoría de los señoríos circundantes de México-Tenochtitlan, aceptaron pagar tributos a cambio de conservar la administración a cargo de la nobleza local que rendiría cuentas ante los gobernantes de la capital.

Evidentemente, el acceso a muchos productos que la población mexica demandaba, especialmente entre la nobleza, era uno de los motivos principales por lo que comenzó la expansión por el control del territorio. Esa perspectiva situaba al comercio en un lugar privilegiado en la carrera expansionista. Por ello no todo quedó bajo control de las administraciones locales sometidas, sino que escogieron determinados puntos estratégicos ventajosamente situados, en los que establecieron fortalezas y guarniciones para vigilar a los territorios dominados y la seguridad de las rutas comerciales. Algunos de estos lugares fueron Zozolan en frontera con los mixtecas, Xoconochco con los totonacas y Oztoman en los límites de los purépechas. Tres de los territorios que nunca pudieron controlar.


No podemos ignorar a los comerciantes y relegarlos solo a su condición profesional. Los pochteca, al margen de lo pura mente comercial, eran la avanzadilla de la posterior conquista, ejercían de servicio de espías para el Imperio. Analizaban al enemigo en su territorio, en sus ciudades, y traspasaban los informes a los militares para tiempo después llegar los ejércitos y consumar la invasión. Rara vez dejaban la conquista sin terminar del todo, por mucha resistencia que encontrasen, aún así siempre quedaba la vía diplomática, la de anexar el territorio por medio de matrimonios acordados, aunque no era la solución más corriente.

La expansión y los tributos pagados por los altépetl hizo de la capital de los mexicas la más populosa, rica e importante del territorio mesoamericano y hacia ella llegaban productos de todos los lugares del Imperio: amaranto, chía, mantas, telas, copal, liquidámbar, sal, trajes militares y una lista interminable de productos, e incluso soldados, hombres enviados por los territorios conquistados para servir al Imperio en la guerra.






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